Los músculos guardan la electricidad primigenia;
conservan la voluptuosidad de la palabra creadora.
La velocidad difumina el espíritu,
el espíritu se deja llevar.
Por eso no dudes de sentir con tu carne.
Acaricia cuando tengas oportunidad;
siente la fuerza de la masa, del tumulto
en los recipientes etéreos de tus sentidos.
Quien obra así vivirá para siempre,
será feliz en el paraiso de la eterna sensación.